Los días pasan uno tras otro, como sin memoria. El sol sale y se acuesta y yo sigo con mi angustia. Despierto en las mañanas cansada y con ojos lleno de lágrimas como repitiendo lo ya vivido. Me arrodillo delante de su presencia a suplicarle. ¿Será hoy el día que tú mi Dios me liberes de este dolor en mi alma?
Todas mis ilusiones se habian espumado. Dentro de mi residía el vacío de mis sueños muertos. En el silencio, buscaba de él. ¿Donde está mi Dios? Si voy hacia delante no esta allí; y hacia atrás no lo puedo percibir (Job 23-8-9). Si tan solo lo encontrase, el me podría conseder el milagro de ver cumplido los deseos de mi corazón. Pero solo existía el silencio.
Mi miseria y angustía me mantenian extenuada (Job 30:3). No había consuelo para mi corazón abrumado. De mi alma se habia apoderado la afflicción y el dolor me estremecia (Job 30:16-17). Solo quedaban pedazos de mí.
Diariamente clamaba: si tan solo te encontrare (Salmo 22:1-2). Si tan solo tú mi Dios te acordaras de mí (Salmo 22:11) y vinieras a rescatarme. En mi dolor no me había percatado que mientras yo buscaba su rostro, él contestaba mis oraciones. Trajo personas a mi alrededor para que oraran por mí. Me obsequío la oportunidad de abrir la palabra con otros creyentes y compartir mis tristezas. Me libró de mis temores (Salmo 34:4-5). El Señor me dío el valor para continuar adelante, y me salvó de todas mis angustias (Salmo 34:6). Sin pedirle, sino solo por bondad, renovó mis sueños.
Mi Dios bueno y misericordioso…¡Alabado sea su Nombre!
