Cuando yo era niña, me enseñaron a orar el padre nuestro; Mateo 6:9-13.  Cuando di mi vida a el Señor Jesucristo, se añadío un ingrediente más a mi oración.  Esto fue una relación personal e individual con mi Dios.  Al principio en mi caminar, yo oraba por peticiones a mi Dios en aquello que yo no podía resolver.  A medida que crecí, comenzé a compartir más de mi vida con él.  Yo traía mis peticiones y las posibles soluciones a las mismas.  El Señor tomaba mis peticiones y me otorgaba respuestas de manera totalmente diferente a como yo habia pensado.  Yo estaba agradecida y me regocijaba en las respuestas a mis oraciones, pero siempre me preguntaba porque Dios escogía no utilizar mis métodos.  Sin embargo, continuaba orando y proveyendo al Señor posibles soluciones.

 Hasta el día que comprendí Isaías 55:8-9; «Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos».  En mis oraciones, yo confinaba al Señor y trataba de establecer limites a su poder.  El me estaba enseñando, que él no tenía limítes, ni en su grandeza, ni en su poder, ni en su gloria, ni en su bondad.  De ahí en adelante, decidí orar sin analizar posibles respuestas, simplemente confiando en él.  El Señor nunca defrauda y al proveer, me mostraba su amor, generosidad, supremacía y gran bondad, mientras que yo me quedaba maravillada y sin habla.  

 

Hoy en día, al orar espero con anticipación pues la manera como Dios conteste y cuando lo haga será tan maravilloso como él.  Mi Dios vive para sorprenderme y al ver su amor, su supremacía, y su generosidad en mi vida, yo me sonrío.

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