Mientras contempla sus llagas
Llevaba semanas disfrutando los días de verano. Caminando en el parque, bromeando con amigos, ensenando clases bíblicas, estudiando, y trabajando. Se imaginaba que todo estaba bien, pues se había acostumbrado a no prestar mucha atención. Pero al despertar esa mañana sintió esa sensación usual. Era como si algo la amenazaba, y comprendió que ya se acercaba el momento.
Su deseo primordial era que nada de eso fuera cierto. Anteriormente, había tomado la decisión de hacer que su mente olvidara y lo logro por mucho tiempo. Lamentablemente eso ya no era posible. Había llegado el momento de enfrentar su realidad. El momento de contemplar sus llagas.
Estas eran recordatorios de la lucha por su alma. Ella fue parte integral de un conflicto entre el bien y el mal. No nació equipada para tal contienda. Ni siquiera entendía lo que estaba en juego. Pero sobrevivir siempre fue su meta. Por eso el la ayudaba, enviándole ángeles para que le hicieran compañía; hebreos 1:14.
No tengo argumentos para defender la decisión que tomo en su desesperación. Pero no tuvo otra opción. Vivía diariamente con su sistema nervioso congelado y esta era la única manera de tolerar el estrés emocional, el rechazo, y la violencia del trauma[1]. La disociación, la amnesia, la desconexión, la falta de respuesta emocional, y el separarse de sí, eran estrategias para subsistir la batalla. Fueron décadas de conflicto y eventualmente sus tácticas empezaron a perjudicarle.
Había aprendido a vivir en la dualidad. Por un lado, sentía un profundo agradecimiento por tener vida, y a su vez un gran sufrimiento al contemplar sus llagas.
Aquellos con buenas intenciones, la impulsaban a olvidar el pasado y mirar hacia adelante; filipenses 3:13-14. Ella entendía que había obtenido un nuevo corazón y que era una nueva criatura; Ezequiel 36:26 y 2 Corintios 5:17. Por eso trataba de vivir en el presente. Hasta que recordaba sus llagas.
Al mirarlas dejaba de disfrutar la vida. A pesar de que él fue victorioso, eran intolerables. En esos momentos ella se preguntaba, como afrontaba él las suyas; Juan 20: 24-29. ¿Vivía la misma dualidad que ella? Por un lado, el dolor de su sacrifico por el pecado, y por otro el gozo de haber obedecido al Padre.
Hoy, se consuela en saber que este sufrimiento no será para siempre. Él enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte ni llanto, tampoco lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir; Apocalipsis 21:4.
Ella descansa y espera. Pues muy pronto, dejara de ver sus llagas.
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[1] [1] Dezelic, Marie S. Meadows Outpatient Handbook. P238.

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