Yo siempre he creído en la protección de nuestro Señor. Me encantaba leer los verso de Isaías 41:10 y de Salmos 91:1-2 pues me ayudaban a reflexionar en él. Nunca pensé que la armadura de Dios se podía penetrar, ni consideré a el adversario dentro de mí. En mi naturaleza mora el pecado y la carne es tentada fácilmente (Efesios 2:3).
Me sorprendió lo rápido que fui seducida por la tentación y por mis proprias pasiones (Santiago 1:13-14). Al verme abrumada, corrí al Padre para suplicarle que fuese mi apoyo (Salmo 54:4). Ya que nuestro Dios es misericordioso, él me sostenía y me daba la fortaleza para seguir adelante. Los ataques del enemigo eran continuos y despiadados. Mientras, el Señor me daba la habilidad de soportar la batalla (1 Corintios 10:13). Por su gracia, yo perseveré hasta el final.
Suponía que cuando todo cesara por la gracia de Dios, yo no solamente saldría victoriosa, sino que saldría sin rasguños. Si el Señor era mi refugio, como habría de esperar algún otro resultado? Omití evaluar las consecuencias del conflicto. Al final, no solamente yo había sido transformada, sino que ahora cargaba conmigo cicatrices de guerra.
Todos los días examino mis cicatrices deseando que desaparezcan. Estas son un recordatorio de la ardua batalla. Me hacen añorar la vida anterior donde no existían tantos disturbios ni altercados. Pero ya no puedo volver atrás. Mis cicatrices son un vivo recordatorio que ya nada es igual.
Cuando el Señor estaba en el jardín y encontró a sus discípulos dormidos les dijo: «Velad y orad para que no entréis en tentación, el espíritu está dispuesto pero la carne es débil» (Mateo 26:41). Sin tan solo hubiese prestado atención a su advertencia.
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